lunes, 15 de noviembre de 2010

Leer…

Y es que Bradbury tenía razón. Llegará el día en que los libros ya no sean necesarios, pero nadie se tomará el trabajo de incinerar las vetustas páginas, de arrancar descoloridas portadas ni de condenar al ostracismo a los autores.
¿Para qué? Si ya se ha hecho un muy buen trabajo dejando de lado la lectura, la costumbre de prestar un libro, de recomendarlo.
Y se acumulan hoy en las bibliotecas públicas faltas de presupuestos, en librerías que nadie visita, en cajas olvidadas en desvanes polvorosos.
El libro ya o es un privilegio. Es una molestia.
Muchas gracias grupos editoriales internacionales; ustedes lograron lo que todos los fuegos del mundo unidos no hubieran podido lograr jamás.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Cupon…

Con timidez mal disimulada se acercó a la ventanilla. Una mujer, que más parecía un dragón sobresaliendo de su guarida que un representante del género femenino, esperaba vigilándolo todo desde su asiento.
Extendió el cupón sobre el mostrador y lo acercó a la mujer que leía unos documentos amarillentos y mal impresos.
—Buenos días —dijo en voz inaudible—, quisiera cambiar esto, por favor.
La mujer miró el trozo de papel a través de los gruesos vidrios de sus anteojos, miró a la persona que ocupaba el otro lado del mostrador y volvió a mirar el cupón.
—No nos quedan de esas cosas —dijo.
—¿Perdón? ¿Y qué debo hacer? —preguntó el minúsculo hombre.
—Esperar; volver otro día; tirarlo; venderlo. Haga lo que quiera, no me interesa.
—Pero, si vengo otro día, ¿habrá?
—¿Cómo puedo saberlo yo?
—Bueno… usted… trabaja aquí.
—¿Y eso me convierte en una sabelotodo? —dijo la mujer lanzando fuego con la mirada y veneno con la lengua.
—Pero… Pero… El cupón dice que será canjeado de inmediato, en cualquier centro de canje. Incluido éste. Por eso vine hasta aquí.
—Ya le dije que no nos quedan de lo que usted quiere. Mucha gente tiene cupones como el suyo. Además, ¿no se fijó en la letra pequeña?
—¿Qué letra pequeña?
—Ésta de aquí —dijo la mujer tocando una esquina del papel.
—Allí no hay nada escrito.
—En aquel mostrador tiene un microscopio —dijo el dragón de la ventanilla de atención al público, señalando el otro extremo del salón.
Hacia allí se dirigió, colocó el papel bajo el visor, y debió de aumentar 37 volúmenes para llegar a leer: ‘La validez de éste cupón está sujeta a la disponibilidad del producto en las oficinas de canje. No podemos ofrecer vidas nuevas a todos los solicitantes. Sepa disculpar las molestias ocasionadas’.