Y es que Bradbury tenía razón. Llegará el día en que los libros ya no sean necesarios, pero nadie se tomará el trabajo de incinerar las vetustas páginas, de arrancar descoloridas portadas ni de condenar al ostracismo a los autores.
¿Para qué? Si ya se ha hecho un muy buen trabajo dejando de lado la lectura, la costumbre de prestar un libro, de recomendarlo.
Y se acumulan hoy en las bibliotecas públicas faltas de presupuestos, en librerías que nadie visita, en cajas olvidadas en desvanes polvorosos.
El libro ya o es un privilegio. Es una molestia.
Muchas gracias grupos editoriales internacionales; ustedes lograron lo que todos los fuegos del mundo unidos no hubieran podido lograr jamás.
lunes, 15 de noviembre de 2010
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