domingo, 6 de septiembre de 2009

La cruda realidad

Juguemos a que nuestra anatomía es tal como la imaginería popular la supone: un corazón puro que concentra amor, una cabeza fría que hace cálculos y un vientre animal que hay que mantener atado cuando está en la calle... Es común pensar que el hombre y la mujer aman como en el dibujo, y en ese caso, ella sopesa conveniencias, por lo cual se "enamorará para siempre" del rico que pueda mantenerla (y a la cría) a la vez que sentirá atracción física (o sea, reproductiva, aunque no concientemente) por el lindo, que aporta genes sanos a la prole, pues la belleza es indicadora de buena salud, así nos engañemos. Del mismo modo, el varón es un pobre animalito que vive produciendo 300 millones de espermatozoides por día, contra el óvulo mensual de la mujer. Obviamente, ella no entenderá que él quiera eliminar ese excedente con tanta frecuencia... pero menos que no quiera hacerlo.

Hormonas tenemos todos, y la biología es anterior a las normas sociales, por más que la descubramos después. Del casto al sátiro, y de románticos a hipócritas, tenemos gente para todo, y sociedades enteras de tradición monogámica o bien poligámica, y en cada una de ellas, personas con impulsos "ilegales" del corazón, que según el caso tal vez ni sean ilegítimos. A primera vista, parece más fácil la vida en la Naturaleza salvaje: las especies tienen el corazón en el pecho, ni en la cabeza ni en los genitales, y cada una sigue su sistema, con raras excepciones que lo confirman. Pero... ¿cómo debería amar la especie humana?

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